«Anoche entendí que CORE no es un festival. Es un estado mental».
La primera noche de CORE Medellín 2026 no comenzó cuando sonó el primer beat. Comenzó cuando el cielo empezó a oscurecerse y vi cómo Parque Norte dejaba de ser un parque para convertirse en un templo. Desde el primer paso que di dentro del recinto sentí que algo era distinto. El aire estaba cargado. No era expectativa… era electricidad.



El escenario se levantaba frente a mí como una escultura viva, orgánica, casi mística. No parecía una tarima, parecía una presencia. Cuando las primeras luces despertaron sobre su estructura, hubo un segundo de silencio colectivo. Ese segundo exacto antes de que el groove tomara el control de todo.
El sonido me atravesó. No era solo potencia; era profundidad real. Cada bajo tenía cuerpo, cada golpe de kick se sentía en el pecho, cada transición estaba construida para llevarte más adentro del viaje. Y cuando la energía cruda de VTSS tomó el control, el aire se volvió denso, vibrante, casi tangible. Más tarde, la intensidad melódica de ARTBAT me envolvió por completo; era como si el escenario respirara al mismo tiempo que nosotros. Cuando Dom Dolla empezó a marcar el ritmo, la pista se convirtió en una marea sincronizada.




Yo no solo estaba mirando luces. Estaba viendo historias. Veía a alguien cerrar los ojos y entregarse por completo. Veía abrazos sinceros, manos levantadas buscando tocar algo invisible entre los láseres verdes y las ráfagas blancas que cortaban el cielo de Medellín. Cada disparo de mi cámara era un intento de congelar algo que, en realidad, no quería ser congelado.




Caminé por el espacio y me di cuenta de que no existía un punto muerto. Desde el centro todo era intensidad pura; desde los laterales se revelaba la arquitectura del espectáculo: humo danzando con la iluminación, pantallas envolventes, estructuras que parecían latir. El sonido nunca se perdía, solo cambiaba de perspectiva. CORE estaba vivo.












Hubo un momento, ya avanzada la noche, en que el bajo se hizo más oscuro, más profundo, más visceral. La multitud dejó de moverse como individuos y empezó a vibrar como un solo organismo. Bajé la cámara por unos segundos. No porque no hubiera nada que capturar, sino porque necesitaba sentirlo sin filtro. Necesitaba recordarme que antes que fotógrafo, soy humano. Y esa energía no se documenta… se absorbe.
Anoche no cubrí un festival. Fui parte de algo que me transformó. Un sonido impecable, un escenario que parecía tener alma propia y una multitud conectada de una forma que pocas veces he visto.
CORE Medellín 2026, primera noche… y ya sé que hay momentos que no se explican. Se viven.
Reseña y Fotos: Eduardo Martinez


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